martes, 25 de septiembre de 2007

Pero relájate, disfrútalo... (Franela V)

El palo de agua del sábado pasado nos agarró a miMa y a mi cerca de casa, frente a un centro comercial, de modo que para no subir a ver llover desde la ventana, luego de tomarnos un café nos paramos en la entrada de las tiendas un rato. Desde allí podíamos ver a la gente corriendo para guarecerse.

Y también podía verse a Franela, cuyo puesto queda casi frente al centro comercial.

¿Hace cuánto que no lo veía? ¿Dos meses, tres? Mucho más si contaba desde cuándo no teníamos... contacto. O sea: desde cuándo no subía a la casa a tirar. Lo cual debe haber ocurrido unas diez, doce veces, calculo yo. ¿Y siempre igual, siempre lo mismo? No precisamente.

Algunas veces estábamos miMa y yo, otras —creo que las más— yo solo; algunas veces subía apurado y serio, se dejaba mamar y chao, otras se mostraba echador de vaina y se acostaba como quien no quiere irse. Casi siempre, a partir de la segunda o tercera vez, quiso ir más allá: empezó a pedir culito. Y algunas veces lo obtuvo (ya habré de contar también esas ocasiones, claro)... Y finalmente, su participación física en el acto se limitaba a su verga erecta, y otras veces yo intentaba ir más allá. Y algunas pequeñas victorias tuve...

* * *

El primer atrevimiento fue, como casi todos, robado (no, no fue un beso, nunca lo he intentado). Ya Franela había agarrado la confianza suficiente para desnudarse y acostarse en la cama a recibir su mamada, de modo que cuando sintió la lengua en el pecho no puso mayor objeción. Al parecer ya no le molestaba como la primera vez, cuando se cubrió el pecho luego de unos tímidos intentos de miMa.

Le mordisqueé un poco ambas tetillas por un rato, y luego me arrodillé al lado de su cadera para tener mejor acceso a su miembro. Comencé a acariciarle la punta con la lengua. "Uff, tú si lo mamas sabroso, vale," decía, y yo le apretaba el falo erecto y brillante, descubriendo su cabeza, y él elevaba la cintura para tratar de metérmelo en la boca, abriendo levemente las piernas apoyado en los talones. Fue cuando chupé sus testículos, aprovechando que él se pajeaba un poco... y bajé mi lengua hasta su perineo. Tres lamidas rápidas y empujé la punta de la lengua hacia abajo, donde se encontró con su ano escondido entre una oscura mata de pelos. Lo saboreé por un par de segundos y...

—¿¡Epa, qué pasa, pana!?, abrió los ojos sorprendido y juntó rápidamente los muslos. "Esa vaina no me gusta..." Un tono sutil de molestia en su voz, que anulé haciéndome el paisa: bueno, como abriste las piernas... "No, pero qué pasa, no..." Lo tranquilicé agarrando nuevamente su verga. Tranquilo... Le subí el prepucio totalmente y luego introduje la punta de la lengua entre él y el glande: volvió a gemir de placer... tranquilo; ¡ya puedes abrir las piernas! Se distendió de nuevo un poco, con una risa leve pero aún susurrando las reglas de nuevo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados: "Dale al güevo, a mí me gusta es que me mames el güevo... las bolas no..."

* * *

Conque su culo estaba vedado. Bueno, yo lo suponía, pero tenía que intentarlo. Y de todas manera podía acariciar casi cualquier parte de su cuerpo flaco, moreno y fibroso, mientras estaba allí echado. Siempre boca arriba, por supuesto...

O contra la pared, en caso de estar de pie. Así fue cuando en otra oportunidad que subió logré meterlo en la ducha conmigo.

* * *

Ni siquiera le pregunté si quería hacerlo. Cuando se empezó a desnudar y se dirigía a la cama —se pegó de mis nalgas, bombeándome agarrado de mi cintura al agacharme a sacarme los zapatos: estaba excitado por encima de lo normal— lo halé por el brazo y le dije Vente, vamos. "¿Qué v...?" pero me siguió al baño. Abrí la ducha y entendió; entró detrás de mi sin quejarse. De inmediato se pegó de la pared: "No me mojes el pelo, que se van a mosquear los panas..."

Así que fuera de su culo y su cabeza, todo lo demás estaba a mi disposición. Tomé el jabón y comencé a masajear su pecho, y luego la espalda en un amago de abrazo suelto que disimulé agarrando su verga y poniéndomela entre las piernas. Se movió simulando la penetración mientras yo recorría el resto de su cuerpo con las manos. Mantenía su cara girada a un lado, para descartar cualquier atisbo de intimidad que no fuera la de los dos cuerpos ansiosos de sexo.

"Voltéate," me dijo, y yo le di la espalda tomando sus dos manos con las mías; puso un poco de resistencia hasta que se dio cuenta de que las dirigía hacia mi pecho. Entonces tomó con cada mano una tetilla y siguió apretando y acariciando —otro progreso, pensé—, su abdomen pegado a mi baja espalda y la verga abriéndose camino entre mis nalgas. Bajé una mano para guiarlo y sentir su movimiento y calor por debajo de mi, la cabeza dura y húmeda debatiéndose entre la raja de mi culo y mi palma.

Probé entonces el terreno nuevamente. Me coloqué de frente a él, y tomando su mano para ponerla entre mis nalgas y distraerlo, alineé mi verga erecta a la suya y en un doble agarre de mi mano comencé a masturbarnos juntos. No se inmutó. Sus dedos hurgaban mi ano, intentando ir más y más adentro —metió un dedo, luego dos— y yo sentía su pene endurecerse junto al mío, que era la primera vez que él tocaba de alguna forma. Apuré el movimiento pensando hacerlo acabar contra mi pubis (y yo bañarlo de mi leche al mismo tiempo), pero él dejó colar otra idea:

—Agáchate pa' mamarte el culo.

¡Otra primera vez! Me incliné un poco dándole de nuevo la espalda. Antes de agacharse me apretó contra sí por la cintura y, ya puestos a intentarlo, seguí transgrediendo: lo obligué a bajar su mano por mi entrepierna. Hizo un gesto de fastidio y emitió un gruñido de advertencia (una especie de ¿no te dije que no me gusta? gutural) pero sucedió: apretó levemente mi miembro, como quien sopesa una fruta para decidir si la compra, y me pajeó como por cinco segundos. Luego me soltó como si nada y a lo suyo: se agachó tras de mí y hundió la lengua en mi esfínter, separándome las nalgas con las manos. El agua nos corría por encima y yo continué la paja que él había iniciado. Unos minutos después acabé con el rico masaje que me daba por detrás, y ya recuperado, me volví para corresponderle. Seguí de rodillas chupando su verga que ya estaba a reventar por la cantidad de nuevos estímulos que había recibido sin haberlo previsto. Un gemido y me aparté para ver correr el semen contra mi cara, pecho, abdomen.

* * *

Estoy seguro de que Franela no contaría, ni en la más etílica de las confesiones entre sus panas, los progresos que estaba haciendo conmigo en cuanto a su participación en el sexo con otro hombre; al parecer, empezaba a ver que ser sólo felado era perderse gran parte de la diversión. ¿Pero hasta dónde podía transgredir sin hacerle sentir que estaba poniendo en tela de juicio su hombría? Cuestión de unos pocos encuentros más...

viernes, 7 de septiembre de 2007

DD lo hizo...

Uno de los mitos que sostenía mi concepto del Mundo ha caído. Una de las columnas del templo de mis creencias se ha derrumbado.

Mi amigo DD, el activo 200%, el verdugo de mil culos vírgenes, el falo más abusado de Caracas y algunas de sus ciudades satélite, finalmente se dejó. Tal como me lo había hecho temer de aquella conversación: se volteó. ¡Se lo cogieron! Y como casi todo lo que me cuenta, lo supe por un telegráfico mensaje de texto a mi celular:
Papi, te acuerdas de JJ, el chamo que me estaba cayendo en la fiesta? Fue el que se comio el virgo, el otro dia en su carro, por la casa...
¡¿Quéee?! ¡DD finalmente probó de su propia medicina! No lo podía creer... Le pedí explicaciones, pero a punta de pulgares no se podía contar mucho. Al menos no tanto como lo que yo necesitaba saber.
Que ladilla decirte por msg... Llamame para contarte.
Claro que lo llamaría... Llegué del trabajo y solté todo sobre la cama para marcar su teléfono, que contestó con una carcajada:

—¡Ay, chismosa, mija! No podías esperar a verme para saber.

No, no podía. Así que le saqué toda la información: cómo fue, quién lo propuso, si le gustó, si le dolió. ¡Sentía que estaba en presencia de un importante hito en la Historia! En la historia de DD, ciertamente lo era...

La única vez (que yo supiera) que había intentado siquiera ser penetrado fue, oh sorpresa, en un sauna. El tipo había estado rondándolo desde hacía tiempo y, si por mí fuera, no lo habría pensado demasiado: catire, alto y con un cuerpo espectacular, y con un pedazo de miembro que... ¡Sí, claro que se lo ví! Y hasta lo probé: estamos hablando de un sauna, el carajo solía ir y yo... tampoco lo evitaba (aunque no soy asiduo). Bueno, pues el carajo estaba ¡enamorado! de DD —como otras varias docenas de personas— y le insistió e insistió hasta que en un recoveco oscuro y en la última media hora de servicio, lo animó a probar... ¡Coño, cómo gritó! Bueno, eso me contó luego... Apenas lo intentaron empalar (y de un solo y certero empujón, es que tampoco hay consideración por un culo virgen en este mundo...) y el pobre DD se elevó de puntillas como bailarina de ballet y botó tierrita. ¡No, la pinga, eso duele mucho! se quejó, optando por renunciar al intento...

—Pero no si se hace con cuidado, con amor— le explicaba yo, proponiéndole una tarea de visualización: acuérdate, le decía, de las caras de placer y los gritos de éxtasis de todos los que han caído bajo tu morena pinga. Además, ¿recuerdas lo que tu amigo, la loca esa de por tu casa, te decía acerca de la satisfacción obtenida a través del sexo anal en el papel de pasivo? Y él me recitaba la escueta gema de sabiduría gay que siempre escuchó pero que sólo hasta ahora comenzaría a entender:

—Sí, papi: que por el culo también se goza.

Y bueno, todo con moderación. Que no quiero que mi amigo DD se convierta totalmente en una marica pasiva, con todo el respeto y consideración que las maricas pasivas merecen. Y a los datos, que fui chequeando:

¿Condón? Claro, papi. ¿Cómo te lo hizo? Boca abajo, se acostó sobre mi: ¡Ese gigantón! ¿Te preparó? Sí: hubo dedo, lengua, paciencia... ¡igual que hago yo! (No todo está perdido, aún lo dice en presente) ¿Pero él te "atendió" también? No, no me lo cogí, sólo hice de pasivo. Pero le chupé ese culo y me mamó el güevo rico... ¿Y tú a él? Un poco. Es pelúo, no me gusta... (¡Otra primicia! DD nunca le vió ninguna gracia a felar) ¿Te dolió? Veerga, sí, al principio sobre todo. ¡Sudé frío! El palo se me bajó y todo... (no me está cayendo a cuentos, esas reacciones no se simulan y quien ha sido cogido lo sabe). Pero lo hizo con cuidado, poco a poco. Ajá, ¿Y qué más? Bueno, salí de eso; él disfrutó mucho, parece... (Y cómo no: DD tiene un culo redondito, divino) ¡Yo también me disfruté mi vaina! Al día siguiente todavía me dolía un poco: me vi con un espejo, y tenía como punticos de sangre donde el ano se estiró... (tan lindo, tan gráfico mi amigo). Bueno —lo tranquilizé— eso se cura, lo importante es que no te haya dolido más allá, por un desgarro o algo...) No, si tampoco lo tiene tan grande... (Ja, ja, menos mal que no se estrenó con un negrazo superdotado) ¡Chamo! Y acabé con su palo adentro... (¡Qué! Pero este niño se adapta rápido a las nuevas realidades) Me pajeé mientras él acababa. Como tú me dijiste que así era rico... (Me descubrió. Claro, que yo le hablaba de cuando el falo te estimula la próstata y acabas sin tocarte el pene: una sensación increíble. Pero poco a poco irá absorbiendo conocimientos...)

Todavía no salgo de mi shock. Aunque la conversación que tuvimos aquella vez —y todas las anteriores, además de mi propia experiencia— me decían que pasaría tarde o temprano, está demasiado fresca en mí la imagen del chamito que conocí, un poco fiero y arisco, con una autosuficiencia masculinísima, que sabía de intimidad con otros hombres sólo para ponerlos de rodillas a mamar y que se arrechaba si tu mano pasaba un poco más abajo de su espalda por unos segundos de más. Como persona, sin embargo, lo tengo allí frente a mí, completo, tan o más amigo que antes, con la mente más abierta en cuanto a su cuerpo y sus posibilidades... Por no obviar el hecho de que ahora no sólo tengo que cuidar la provisión estratégica de condones que conservo cerca de la cama, sino mi tubo de Lubrix... ¡Y si me descuido, el modesto dildo que compré como curiosidad aquella vez en la Sexshop de Altamira!
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Recién al terminar esto me doy cuenta de lo gracioso que se leería el título de este post en inglés: ¡Dididídit!

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Muéstramelo: no te vas a volver gay...

Como siempre, un interesante debate en un blog que sigo, el de Aloner&Daniel, me ha soltado los dedos, tanto para comentarles allá como para venir a acordarme de este cuento y soltarlo aquí.

¿Cómo lidiar con el interés sexual de un amigo? Aunque allá los panas en su discusión tocan y también eluden algunos aspectos sobre el tema, primero hay que estar seguro de que ese interés en efecto está allí. Y el cuento del que me acordé es precisamente un ejemplo de cuando no lo está, y en su lugar hay sólo confusión, un poco de temor y —por qué no reconocer su influencia— unas cuantas cervezas.

Hace algunos años me quedé en casa de un amigo de estudios, hétero él y plenamente conciente de mi homosexualidad (que no le afectaba ni interesaba), y tras un rato de conversación y cervezas, nos fuimos a acostar. Mi amigo, como imagino que era su rutina cuando estaba solo y ya que tocamos tangencialmente el tema, puso una película porno. Hétero también, claro, como todas las que tenía e incluso alquilaba.

Nos bebíamos las últimas dos birras ante la tele, y allí estaba esa profusión de penes, bocas y vaginas haciendo lo suyo así que yo, como casi cualquier ser de sangre caliente, me excité y comencé a tocarme por encima de la ropa, discreto. Mi amigo, muy verbal y analítico, soltó: "Estás viendo una porno straight, te estás tocando y obviamente se te paró la paloma. ¿No será que en el fondo eres un heterosexual reprimido?"

Tras las borrachas carcajadas, le aclaré que aunque había de todo en las imágenes, eran las gigantescas vergas trabajando lo que me entretenía. Además le expliqué que, de acuerdo a mi forma de ver las cosas, detrás de todo gay hay, si bien tan solo biológicamente, un hétero. ¿Reprimido? No lo sé; tal vez sólo "no desarrollado", o latente, o atrofiado. Qué se yo. Había cervezas y había sexo en la pantalla. Mi cuerpo respondió.

Y el suyo también. Para eso están esas películas, digo yo. Pero lo que sucedió es que, tras terminar el video (¿terminaría en realidad? No es que la trama de estas cosas importe en realidad... el caso es que dejamos de verla), él se levantó, tiró su lata vacía y la colilla del cigarro a la basura y se encerró en el baño.

Estamos hablando de un carajo desinhibido totalmente (de los que no ve ningún problema en "pelar las nalgas" ante una cámara, por ejemplo), y de un apartamento de madrugada ocupado por nosotros dos, sin tías, mamás o hermanitas presentes. Su espalda mientras orinaba no iba a ser una escandalosa revelación entre panas, así que obviamente había otra actividad llevándose a cabo...

Salté de la cama y toqué la puerta con mi cerveza. "Chamo, ¿qué estás haciendo?" pregunté con lo que ahora se me antoja era un tono etílico y socarrón, y sabiendo la respuesta. Que no tardó: "¡Me estoy haciendo la paja, qué más!" ¿Molesto? No lo percibí. Me quedé viendo la puerta. ¿Por qué no lo hizo en la cama, viendo la película? Así lo habría hecho yo... Si él hubiese comenzado, claro: es su casa. Mi erección me decía aún que perfectamente podía haber participado de un ¿dúo? de pajas, acostados frente a la tele, como continuación natural de la conversa y la estimulación visual; luego acabar, limpiar, y a otra cosa. Como panas. Él no lo vio así, obviamente.

"¡Abre, marico, déjame entrar!" insistí, estúpidamente. Vamos a hacerlo los dos, pensaba. Como panas. ¿Con deseo por él? No. Juro que no. Y aunque parezca obvio que de masturbarnos juntos yo lo vería como un hombre desnudo y excitado, y tal vez mi inclinación sería un poco incómoda para él en el momento, no perseguía nada más allá que reconocernos en la común franqueza de la excitación como algo físico. Aunque sea difícil verle la gracia a hacerse la paja junto a otro carajo sin que haya nada sexual con él, en ese momento de leve sopor alcohólico sólo lo veía como uno de esos extraños, intransferibles e inexplicables lazos de que se componen las amistades a toda prueba. Una estupidez tal vez un poco vergonzosa como la que hace reírse con picardía a un par de viejos cuando muchos años después rememoran sus andanzas juveniles.

Lo que él vio fue al marico que se tomó unas cervezas y se puso "atacón". ¿Para qué iba yo a querer verle el miembro erecto a este?, pensaría. ¿Para qué iba a querer verme pajeándome sino para excitarse o intentar algo más? Pero yo no intentaría algo más... al menos creo que no, pues nunca tuve chance de averiguarlo. "Pana, qué ladilla..." soltó en el mismo impulso con que abrió de golpe la puerta y siguió hacia la habitación. Yo quedé frente a un iluminado baño, limpio de rastros reveladores, donde eché la última meada de la noche, me lavé la cara y no recuerdo si resolví la ya entonces olvidada excitación sexual. Un vago intento de conversación normal después, la oscuridad y el alcohol en la cabeza terminaron la confusa noche, que parecía no haber sucedido a la mañana siguiente.

Hasta el sol de hoy veo que nuestra amistad, si bien últimamente lejana por cosas típicas de terminar de estudiar, mudanzas, etcétera, no se alteró por el asunto. Un leve shock de incompatibilidad en la manera de ver algunas cosas, que no pesó sobre la forma de ver otras, las que nos unían. ¿Tal vez ese será, a la larga, el extraño detalle de que me acordaré en algunos años? Quién sabe. Tal vez incluso un lazo mal entendido puede funcionar como un lazo al final...

domingo, 12 de agosto de 2007

Bueno, pero no me insultes...


— ¿Pero bueno, cuál es el sometimiento? ¿O crees que obligado lo voy a hacer mejor? Cálmate, vale, si te excita el rollo dominante busca terapia... Además, si lo hago es por gusto...

(Una pinta en un kiosko por la casa. A lo mejor es algo personal con el kioskero, le voy a preguntar...)

lunes, 6 de agosto de 2007

Donde se come no se... efectúan deposiciones

Este dicho me vino a la cabeza* —un poco tarde, la verdad— cuando, en uno de mis lances callejeros de levante, me encontré repentina e involuntariamente expuesto, identificado y casi levantado.

Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador.

Levantar, lo que se dice levantar, es un ejercicio continuo, y no siempre consciente. Aunque no se esté en disposición de llevarlo hasta el natural desenlace, siempre se intenta. Uno siempre quiere comprobar que tiene la capacidad ahí latente, que no ha perdido el toque.

Así que no podía evitar, cuando pasé la otra tarde frente al gimnasio que queda cerca de mi casa, echar un evaluador ojo a quienes salían. Entre los previsibles camiones de carne —que no me interesan salvo como curiosidad biológica— se abría paso un muchacho blanco, alto, con sus musculos bien formaditos y expuestos, que de repente se dio cuenta de que lo buceaba, y me sostuvo la mirada mientras llegaba a la acera y nos cruzábamos brevemente.

Me detuve al lado de un kiosko para voltear a detallarlo y darle a entender que me interesaba. Nuevamente le clavé la mirada. Él repartía la suya entre el tráfico de la avenida (se disponía a cruzar) y yo. Se colocó de frente a mí, esponjó lo mejor que pudo su pecho adolescente en franela blanca —bello, en verdad— mientras yo hacía lo propio cuadrándome para llamar su atención, en mi cara una expresión casual: Sí, estoy aquí para ti. Devuélvete y no te arrepentirás...

(Pero esto era sólo medianamente cierto. Se me hacía tarde para llegar a terminar un trabajo en casa y, si me hubiese respondido, me mete en un aprieto. Además, como ya dije, no siempre tiene uno las verdaderas ganas de llegar hasta el final).

El caso es que tal vez miré mucho y no dí señales; o tal vez sí las dí y eran: no vamos a llegar a nada. De repente se decidió, cruzó la avenida y caminó hacia el Metro, sin voltear ni una vez. Yo me quedé allí, siguiéndolo con la vista, en un arco hacia la esquina, hasta que su silueta se perdió detrás de... un vecino de mi edificio que me miraba directamente a los ojos.

¡Dios, cómo me pasó esto!, pensaba yo, mientras me daba la vuelta, torpe y confuso, imaginándome que él había visto todo: el acercamiento, el flechazo visual, la espera... Todo. Seguí caminando hasta la casa, ignorando al vecino, y esperando que por una extrañísima casualidad no se hubiese enterado de nada.

* * *
¿Quién me manda a andar haciendo esas cosas cerca de casa? Donde uno vive están las vecinas amables, los vecinos que tal vez han depositado su confianza en ti, los que te conocen quizá desde pequeño. ¿Pueden imaginarse si por casualidad te pasa esto mismo pero con una tía que iba a visitarte, o algo así? Definitivamente, hay que tener cuidado apartando un poco los ambientes en los que uno se desenvuelve...

Lo mismo pasa en el ambiente de trabajo. ¿Habrá una actitud más descocada que la de ponerse a fijarse y, peor aún, buscar acción en el sitio donde uno se gana el pan? ¿Y si todo va mal? ¿Y si encuentras acción y después se enrarece la cosa con el contacto? ¿Se imaginan tener que seguir viéndolo en la oficina, día tras día? ¿O que ese contacto se vuelva loco o celoso o vengativo y te ponga en evidencia? Puedo imaginar pocas pesadillas como esa, francamente...
* * *

El cuento no terminó aquí: como dije, me vi esa vez expuesto, identificado... y faltaba "casi levantado". Sucede que una media hora después de llegar a casa, cuando había olvidado todo y juraba no volverlo a hacer, sonó el timbre... ¡y era el tal vecino! Que nunca en su vida había tocado mi puerta (ni siquiera sabía que supiese dónde era), y que sólo saludaba de vez en cuando en el ascensor... ¡Llegó hasta mi casa! ¡En efecto había visto todo, y creía que había ahí algo que aprovechar!

—Hola, vecino...— me miró intentando hacerse el serio, el casual —Quería preguntarle si no tenía un CD de esos para limpiar el equipo de DVD, que quiero ver una película y parece que el cabezal está sucio...
¿Pero qué es esto? ¿Y por qué esta loca del coño viene hasta acá con esa pregunta burda y más falsa que billete de trece? ¿Es que este carajo cree que los argumentos de las películas porno se dan en la realidad? ¿Acaso cree que le voy a preguntar qué película quería ver, se saca del bolsillo un DVD de Falcon Video y nos echamos en el suelo aquí mismo a tirar?
—No, pana, no tengo ni DVD...— le respondí, más absurdamente todavía, a ver si espabilaba y se daba cuenta de que su estrategia era la de una zorra imbécil— ...y tengo la cocina prendida, chao.

Le cerré la puerta en las narices, maldiciendo el momento en que se me ocurrió ser tan descuidado en plena entrada de mi edificio, recriminándome la falta de cabeza para pensar cuando se me aparece un simpático chico y me mira a los ojos... Incapaz de alejarme de la cocina antes de agacharme a deshacerme de los desechos.
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* Me vino, claro, con todas sus letras: donde se come no se caga. Es que se veía feo de título...

martes, 31 de julio de 2007

Ocho son

De Valencia me llega la tarea...

Ya en algunos de los blogs que frecuento había notado estas listas de ocho intimidades confesadas por sus escritores... Me dije: el espacio bloguero es pequeño, tarde o temprano me tocará. Y me tocó. Así que ahí va mi parte. El juego del ocho, imagino que se llama:

1. Cada jugador cuenta 8 cosas de sí mismo (y como este blog es como es, serán cosas bien... crasas. Aguanten).
2. Además de las 8 cosas, tiene que escribir en su blog las reglas
(helas aquí).
3. Por último tiene que seleccionar a otras 8 blogueros y escribir sus nombres o blogs
(a ver si consigo ocho que no hayan escrito ya esto mismo). Y
4. No hay que olvidar dejarles un comentario informándoles que han sido seleccionadas para tal juego
(lo haré).

De seguidas, mis ocho:

1. Como no soy circuncidado, cuando pequeño en el kinder una vez nos reunimos en el baño "a vernos los pipís" y el primero que ví "pelado" me confundió... ¿Por qué el de él tiene ese cabeza azul y el mío es un choricito de pura piel? Tarde o temprano pude descubrir el glande, aunque también cuando ví por primera vez uno por debajo (el frenillo) no entendí nada...

2. Lo tengo torcido. Un poco hacia la izquierda. Antes me desesperaba esto: creía que era un freak. Pero internet me ha mostrado que es común, incluso deseado por muchos...

3. A veces también me preocupa que tengo un poco de fimosis —esto es, que me cuesta retraer el prepucio cuando estoy erecto. Como no me imagino a estas alturas circuncidándome para resolverlo, he intentado: masturbarme mucho (¡por esa causa o por cualquiera!), cremas, estirones, y dejarlo así. Total, con condón no me afecta tanto.

4. Cuando a veces al acostarme me da por hacerme una paja, si pienso en alguien que me guste en ese momento, no me imagino que estamos teniendo sexo, sino que está solo, acostado también, masturbándose... ¡Me da mucho morbo!

5. Bajarme fotos porno consume gran parte de mi tiempo conectado. Pero... casi nunca vuelvo a ver las fotos que bajé (ya llenan varios CD): siempre habrá nuevas.

6. Mientras escribo esto, tengo abierta otra ventana con el Flickr (Firefox rules!), viendo fotos de la marcha gay de Atlanta. En un rato serán fotos porno, puedo asegurarlo... Incluso si estoy haciendo algún trabajo en casa, en el fondo siempre se están cargando algunas páginas porno...

7. Soy un confeso, irredimible crotch-watcher. Un buzo de braguetas. Me gusta evaluar el bulto, las posibles dimensiones; celebro el atisbo de una silueta distinguible. El orden en que miro a alguien en la calle casi siempre es el mismo: ojos-boca-bragueta-ojos. A menos que vaya en dirección contraria, en cuyo caso es culo-culo-culo-culo.

8. Cuando conozco a alguien para un poco de sexo casual, casi nunca paso de una o dos encuentros. En ocasiones, si a la persona le he gustado y tiene mi teléfono, nos seguimos escribiendo, pero cuando intenta que lo hagamos de nuevo, me da como ladillita... Claro que también me pasa que yo quiero más y ya no me paran, pero es menos frecuente, je je je...

* * *

Listo. ¡Uff! Trataré en lo sucesivo de ignorar estas tareas. Me agota ponerme a pensar listas... Ah, con respecto a la tercera regla de la tarea, le voy a hacer una reforma constitucional: si ha pasado más de mes y medio desde que me encomendaron esto, probablemente todos mis contactos ya lo hicieron, así que la lista se reduce: Guille, Poehunter, RicardoP. Y ya está.

martes, 17 de julio de 2007

Algo sobre pagar por sexo...

Un detalle reluce en la historia que he venido contando de Franela, un aspecto con el que no estoy del todo en paz y que tal vez sea también incómodo de manejar para más de uno de los que me lean por acá. Ese detalle es el de pagarle a un tipo para tener sexo con él.

¿Prostitución? El negocio más viejo de la humanidad, dirán. Pero no es eso. Creo. Nunca me he acercado a lo que sería formalmente ese servicio. Leo los clasificados de putos por pura curiosidad y morbo; nunca llamaría. Tampoco rondo los conocidos lugares donde vagan quienes venden su cuerpo cada noche. Esto es diferente.

Los "circuitos de levante" caraqueños se caracterizaban por estar habitados de toda clase de chicos, hombres y no tanto, pendientes de sólo una cosa: un rápido encuentro sexual furtivo y anónimo, tal vez la posibilidad de citarse en otro sitio, pagar un hotel entre dos (o más), ir a casa o incluso esconderse entre arbustos y lograr el anhelado orgasmo clandestino. Hasta ahí, todo normal —si se puede llamar así.

Mas de buenas a primeras estos sitios, cuando no menguaron o desaparecieron bajo el fastidioso acoso policial o de rateritos (no sé cuáles son peores), se comenzó a alimentar de esos chicos que, además de procurarse los tales momentos de intimidad anónima (¿?), buscaban una retribución económica, si bien informal.

La primera vez que subí con alguien a la oficina y me dijo "¿Y con cuánto me vas a ayudar?", me quedé pasmado. ¿Pagarle? ¿Por sexo? ¡Pero si subió por su voluntad! ¡Me lo levanté! ¡Yo ya tenía mi mano dentro de sus pantalones! De inmediato lo corté: "Pana, todavía no creo que necesite pagar para tirar..." le dije, entre retador y ofendido, mientras abría la puerta de nuevo. Dejando una rendija abierta, claro: "Cuando quieras echar uno por disfrutar, acá te espero..."

No me lo esperaba. Cierto que en algunos casos uno se fija que la persona puede no estar en la misma situación económica que uno; a veces en el juego de la seducción uno invita a una bebida, o a comer. Pero el frío intercambio de moneda por piel se me antojó, de repente, oscuro y decadente.

No fue un caso excepcional, fui descubriendo. Ahora era una tendencia, al menos en los sitios de "circuiteo" que frecuentaba. Más y más muchachos de los que se veían en las tardes con el típico comportamiento de pasar y volver a pasar, sostener la mirada pícaramente, adoptar poses sugerentes o de plano tocarse y enseñar sus "partes", se dejaban seducir para, en el momento justo, pedir una "colaboración" los más tímidos, o "cobrar", los más lanzados. Los lugares se putearon.

A miMa le sucedió, incluso, de una forma más sutil y sin embargo tanto más profesional: un chico al que conoció y con el que alternó alguna que otra tarde, se quedó mirando una vitrina de ropa cuando lo acompañaban para despedirlo en el Metro, y dejó caer, casualmente: "Esa camisa está bonita... me la puedes regalar en mi cumpleaños". Era un paso más allá de su tendencia (nada casual, le insistía yo) a aparecerse disponible justo cerca de la hora del almuerzo, al que gustoso aceptaba ser invitado...

Hay sus variaciones. Algunas veces Franela —no el único que me ha pedido dinero pero sí el único "repitiente"— llegaba chillando: "necesito real, mi pana"; o "mira, y cuánto tienes ahí..."; por vacaciones o puente, de súbito requería más. En otras ocasiones, ni siquiera tocaba el tema, y si le dábamos algo se lo guardaba como algo no esperado. Una vez nos quedamos a ver en la plaza cercana, y mientras lo esperaba me compré una película pirata. "Lo que tengo es esto," le enseñé el escaso vuelto de la compra del DVD. "Bueno, déjalo así..." y subimos, yo sabiendo entonces que lo que lo guiaba era una feroz excitación; ganas de tirar, acabar, y no las ganas de cobrar...

Pero el fenómeno está allí. O tal vez los sitios de "alterne" comunes, los de simples buscadores del sexo por el sexo, se han mudado sin dejarme aviso. O tal vez todo ahora es negocio, considerando las siempre peores condiciones económicas y laborales reinantes.

Además, está el otro factor, que yo considero importante, y tal vez decisivo en cuando a mi excitación se refiere: quienes piden "colaboración" son sobre todo hombres, algunos con mujer e hijos, que sólo ven en el intercambio sexual rápido y serio un "resuelve" para el bolsillo. Los míticos "cogemaricos", con toda la carga homofóbica que esa horrible palabra pueda tener. Tema futuro...

lunes, 16 de julio de 2007

Un acceso de penita

He estado comentando recientemente en varios blogs, y algunos de quienes los escriben me han venido a leer. En sus respuestas a mis saludos he percibido un cierto elemento de precaución o cortés distancia, que me ha puesto a pensar acerca del carácter "explícito" de mis contenidos. Me he preguntado si tal vez no estoy siendo muy gráfico. Un repentino pudor verbal me atacó.

¿Soy muy procaz? ¿Tal hay vez demasiado detalle escabroso en mis relatos? Abrí este blog para poder comentar algunos hechos de mi existencia que no son del dominio público. Igual son mis inquietudes, experiencias, dudas. Como las de cualquiera. Cualquiera gay, digo. Y creo que lo explícito no es gratuito o pornográfico: forma parte de la médula de cuanto quiero decir.

Tal vez me he puesto monotemático con los últimos cuentos; otros posts se han quedado en el tintero por la avalancha de continuaciones que lo de Franela ha tenido. Hay que variar... pero el centro de este sitio será siempre el mismo: mis experiencias y dudas como hombre gay. Hay relatos que tengo que sacarme de la cabeza, y sólo encuentran asiento acá. Hay preguntas que me hago que quienes comparten conmigo en este espacio quizá también se hacen y pueden ayudarme a responder. Hay una cantidad de gente increíble que he contactado a través de este blog, que si se ha mantenido cerca es porque algo me ha estado saliendo bien. Creo.

Sus respuestas me orientan, espero poder seguir siendo leído y criticado. Gracias.

viernes, 6 de julio de 2007

Las llamadas, días después (Franela, IV)

Luego de esa primera vez que se la chupamos a Franela, quedó de alguna manera acordado lo que podía ser el sencillo procedimiento en caso de querer volver a tener "contacto".

Mientras nos aseábamos y acomodábamos nuestras ropas —más que desvestirnos, apenas habíamos descubierto nuestros sexos: él para ofrecerlo al cautivado público, miMa y yo para masturbarnos— yo hacía algo de conversación ligera, con alusiones más o menos directas al tamaño de su verga, la profusión y violencia de su eyaculación, la idea de que no sería la única vez que transáramos...
Muy serio, mirando siempre al piso, a su ropa, sus manos, Franela definió la cosa en cortas frases. "Si quieres me das tu teléfono," soltó. Se lo anoté en tres segundos.
"Bueno, cualquier cosa, si estás por allá..." adelanté, refiriéndome a su puesto de buhonero, donde habíamos negociado este encuentro. "No, no pasen por allá," me atajó enfático, celoso de su territorio. "Yo cuando necesite, los llamo." MiMa y yo nos miramos fugazmente. ¿Cuando necesite qué?, pensé. ¿Que se lo mamen? ¿que le den plata?

En un par de días pude sopesar esas preguntas de nuevo, cuando me lo encontré en plena tarde, de vuelta de mi oficina, por la esquina de la avenida —zona neutral, me fijé— como a cuadra y media de su puesto.
— Eeeepa, ¿qué pasó?— me saludó con tono de camaradería, dándome la mano con aspavientos, de pana a pana.
— ¿Qué hay?, seguí yo, acompañando sus pasos. —Mira, men, y lo del otro día...
— Ajá, qué...
— Estuvo bien, ¿no? Dime algo: ¿te gustó más el negocio que hicimos, o te gustó el... trabajo hecho? Porque, cualquier cosa, "fuerza" no siempre hay —aventuré el sinónimo malandro de dinero— pero ganas de trabajar siempre quedan...
— No, bueno, tranquilo... —caminaba rápido hacia su negocio, un amago de sonrisa pícara en su cara: claro que es negocio, pero le gustó la mamada; yo me freno en la esquina para hacerlo cerrar la frase y la conversa— Yo tengo tu número, si el sábado están por ahí, resolvemos...

Y ese sábado, y durante algunas semanas, cuando se acercaba el sábado y a eso de la una de la tarde —me imagino que esa era la hora "legal" de alejarse de su puesto por un rato, a comprar comida— yo sabía que podía sonar en cualquier momento mi celular, y que vería en la pantalla "NÚMERO PRIVADO" o algún número extraño (alquilado, seguramente), y que al contestar escucharía, primero, el ruido inconfundible de la calle, y después:
— Aló... ¿ElOtro*? ¿Qué pasó, pana? Soy yo, el chamo de las franelas...
Nunca me ha dicho un nombre, ni siquiera falso, como sé que algunos acostumbran hacer. Y yo, aunque el día, la hora y el tono inconfundible ya me lo habían dicho todo, pretendía casi siempre no reconocerle hasta que decía eso: "el chamo de las franelas..."
— ¡Ah, epa! Qué cuenta...— Y me quedaba callado, para ver si se atrevía a asomar el tema obvio de la llamada, que casi siempre resumía así:
— Mira, y... ¿qué pasó? Háblame claro...— O si no:
— Mira... te tengo las franelas... ¿te las llevo?
Sabía yo entonces que estaba en un teléfono de esos alquilados, rodeado de gente, sin poder hablar en privado, y le soltaba alguna cochinada:
— Qué pasó... ¿Pendiente de una mamada? ¿Quieres que te saque la leche?
Se reía, obviamente nervioso, y dejaba entonces que yo le diera las instrucciones precisas: vente, que estábamos hablando de tí; o no, no estoy en casa pero llego en un rato; hoy no se puede; no hay fuerza. Muchas veces, en honor a la verdad, me molestaba haber llegado a tanta confianza, y sobre todo a pagar por tener sexo; esas veces me negaba o no contestaba el teléfono. MiMa, más estricto que yo con aquello de repetir, me apoyaba con una mirada severa.
Pero otras veces dictaba él:
— Mira, yo estoy por allá como en diez minutos, baja y me abres...
Y entonces mi erección era inmediata, y si a miMa le parece buena idea —siempre deja que yo haga la negociación con él, Franela también "se corta" un poco hablándole aunque no tiene problemas en dejarle "hacer"— me hacía un gesto de aprobación y yo cuadraba todo. Y más tarde nos encontramos de nuevo por un rato con el fabuloso falo y el cada vez más desnudo y colaborador cuerpo que lo acompaña...

Next: Cada vez más desnudo. Mi reto: que se dejara hacer cosas...

(*) Me llama, claro, por mi nombre, no por este
nick.

lunes, 2 de julio de 2007

¡¡Las fotos de la marcha!!


Mucho arcoiris...
Cargado originalmente por elotroxxx
Son las once de la noche pasadas, pero tenía que postear para avisar que ya monté en mi Flickr las fotos (unas treinta de las casi trescientas) que tomé ayer en la fiesta al final de la marcha del Orgullo Gay de Caracas, en Plaza Venezuela...
No pude estar hasta el final de la fiesta, pero durante las horas que me quedé la música estuvo buenísima, el show un poco menos (no lo vi todo, pero las actuaciones de siempre: imitadores varios, mariqueras múltiples), y las vistas... bueno, aprecien las que puse y me dicen qué opinan...
Próximamente escribiré con más detenimiento sobre el evento. Pasen por allá y disfruten, por ahora, del testimonio gráfico, con todo cariño y dedicación...