martes, 11 de marzo de 2008

Ya no es informal

Estamos echados viendo tele. MiMa surfea por los canales —acabamos de poner cable y nos familiarizamos con la programación— y yo en unos minutos me voy al gimnasio, a retrasar en lo posible por otra hora y media el atrofiamiento indeclinable que la edad trae consigo.

Suena mi celular: no es mi partner de ejercicios. La pantalla dice, en verde:

FRANELA llamando...

¿¡¿Quéee?!? ¡Así es! Tengo su celular...

* * *

Como recordarán, el amigo del puesto de ropa y la boa morena estaba "cesante". Los buhoneros fueron retirados de toda la zona, y miMa y yo nos preguntábamos si sus apariciones cesarían o él recordaría tener mi número (y mi disposición) para cualquier, eh... "emergencia".

Hace cuestión de una semana, entonces, nos topamos de frente con él, cerca de casa. Sentado cerca de donde despachaba antes, repartía tarjetas de una tienda...

— ¡Epa!, ¿Qué más, pana? Ahora estoy en ese centro comercial...— señaló hacia unas minitiendas a pocos metros. — Estamos vendiendo lo mismo pero en un local, yo ya tenía mi punto hecho aquí...

¡Y vaya si lo tenía! Yo, por ejemplo, pasaba siempre por la zona buscándolo, aunque no precisamente para comprarle ropa. Interrumpió mis cavilaciones, directo:

—¿Y qué van a hacer... ahorita?— MiMa y yo realizábamos algunas diligencias, que le relaté brevemente. MiMa me miraba contrariado.

—Bueno... toma la tarjeta, cualquier cosa estoy por aquí...
—¿Pero este eres tú, el nombre de la tarjeta? ¿Y tu número es ese? —Yo no iba a dejar perderlo de nuevo tan fácil.
—No, bueno... anota ahí— y procedió a dictarme, como pensé que nunca haría, su número personal. Despedidas y seguimos. MiMa necesitaba aclarar:
—¿Pero no te preguntó quá haríamos en este momento? ¿Por qué no...?
Yo, circunspecto, le muestro el número:
—Hoy no, pero ya está localizable. A la orden, pues...

* * *

De vuelta a la inminente partida al gimnasio, le muestro la pantalla del celular a miMa, y contesto. Expectativa en el ambiente.

—Épale. Qué hay.
—¿Qué pasó, pana? Mira, voy saliendo del trabajo, ¿Paso por allá?
—Coño...— Me hago el duro —Yo ahorita voy saliendo pal gimnasio... ¿Y mañana?
—No, vale... Ahorita, anda... ¿Si va? Y me lo mamas bien...
—Verga... es que me están esperando. Por acá está el pana también... (me refiero a miMa, a ver si lo corta que estemos los dos, a veces pasa)
—Dale, vale... Estoy allá en cinco minutos. Le doy a los dos. Anda, que tengo ganas de acabarte en la cara...

Me mata el lenguaje poético. Lo pienso un poco —dos décimas de segundo— y le digo: dale, pues.

—Voy bajando... (miMa cree que para irme al gimnasio) ... a abrirle a este chamo.
—¡¿Quée!? ¿Viene ahorita? ¿Y no te vas? ¿Y no le dijiste que mañana?
—Pues... es que me convenció. Ya subo... subimos.

* * *

Llegamos, y él ya se sabe el camino de ladrillos de oro: entrar en el cuarto, saludar a miMa —¿qué pasó, cómo está ese culo?— y comenzar a desvestirse son una sola cosa.

Lo que sigue puede resumirse en una divertida batalla de tres, con profusión de atenciones orales para el invitado, que hay que ser amable con la visita, y sus usuales solicitudes: ¿tienes condón? ¿no quieres que te lo meta? Anda vale, siempre puro mamar, puro mamar, denme culito...

Con un nivel ya de relación que roza ya la confianza, le sugiero —mi pene casualmente recostado sobre su muslo, en una de esas vueltas de nuestros cuerpos inventando posiciones— que para evitar el "siempre lo mismo", se deje coger él. La negativa es clara aunque ya no tan vehemente: no se siente amenazado. Una palmada a mi culo y acomodarse sobre el pecho de miMa para sobrevolar su cara con la verga sirven para despejar la idea. Le habla ahora a él:

—¿Y tú, no quieres que te lo meta? El pana (se refiere a mi) ya probó, pero tú no me has dado...

Intercambio de miradas que son negociación, y estiro la mano hacia la mesita de noche, de donde saco un preservativo y lubricante. Franela, explayado en el centro de la cama, adelanta la porno de Rocco Sifredi que le puse para ambientar, mientras lo forro con el látex y lo sacudo un poco para ponerlo a punto. Minutos después, miMa se estrena en lo de empalarse sobre la morena y dura verga del día, su dueño concentrado en el proceso y con el control del TV aferrado en una mano.

Me echo a un lado para ver la cogida, luego de besarnos teatralmente miMa y yo sobre Franela, mientras me masturbo al ritmo de los gritos de placer actuado del video. Todo se acelera y los gemidos comienzan; el movimiento de pistón en el centro de la cama, la verga subiendo y bajando gruesa y caliente dentro del culo de mi pareja captura la atención de los tres y nos olvidamos de la película. Cuando acabo sobre mi pecho, Franela ya acusa los efectos de la estimulación, y se aferra a los muslos que lo cercan para dar las últimas arremetidas, su cara mezcla de esfuerzo y placer. MiMa, aún sentado sobre el invitado, se pajea para unirse al coro de orgasmos, y Franela ya recuperándose lo advierte: "Mosca me vas a llenar la cara de leche..."

* * *

Total que Franela tiene mi número, como antes, pero ahora yo tengo el suyo. Entregado voluntariamente. Ya no es informal: ni su trabajo —de la calle pasó a una tienda— ni nuestra "relación" —le gusta la vaina y quiere estar "conseguible". Y por este puñado de cruces que procuraré "conseguirlo" con frecuencia...

¿Qué es eso que dicen de la perseverancia?

martes, 29 de enero de 2008

¿Dónde estás, Caraquista?


Hace unos años solía rodar bicicleta los domingos por la Cota Mil. Pasaba toda la mañana, y casi hasta la una de la tarde —cuando abrían de nuevo esa avenida de Caracas a la circulación de carros— haciendo un agotador pero gratificante uso de todos esos soleados kilómetros de pendientes y planos, de curvas y rectas, matando la fiebre de pedalear y hablar de bicicletas, haciendo algo de ejercicio en el proceso, y además disfrutando de las sabrosas pausas a la sombra de algún árbol en los hombrillos o en las entradas del Ávila, para charlar y reponer líquidos.

Y por supuesto —no es otra la razón para venir a recordar mi antigua rutina aeróbica en este espacio— que en estos paseos recreaba la vista, y mucho. La cantidad de chicos, jóvenes y hombres ejercitando a pie, bicicleta e incluso patines, paseando a sus perros o en compañía de sus novias, esposas, hijos, era más que un aliciente para no faltar nunca a la cita. Y, como no podía ser de otra manera, solía uno además identificar a uno que otro "favorito" que, con poca o mucha seguridad, vería de nuevo el siguiente domingo, más o menos en el mismo sitio, más o menos a la misma hora.

MiMa solía ser, faltaba más, mi compañero de ruta. Yo lo esperaba en alguno de los distribuidores de entrada a la avenida, temprano, para luego lanzarnos en un sprint de ida y vuelta antes del primer descanso y los primeros comentarios sobre la ruta, sobre los planes para el resto del día y, claro, sobre los "favoritos".

Para facilitar las cosas, a muchos de ellos le asignamos nombres, bien fuera por alguna característica física, bien por algún detalle circunstancial. Así, el atractivo adolescente sifrinito que rodaba siempre en solitario, de elegantes mallas negras o amarillas y bicicleta de última generación, pasó a llamarse como su bici: Trek; el ¡riquísimo! modelito de tensos músculos color canela del puesto de jugos de Sabas Nieves quedó bautizado, por rima más que por mnemotecnia, Hugo ( el de los jugos). Y, finalmente, el ciclista que un día se me atravesó en el camino —y en los ojos—, un moreno claro de contextura delgada pero atlética que debía andar rondando la veintena de cumpleaños, que por cargar esa primera vez que lo ví una camisa de uniforme de los Leones del Caracas, quedó para referencia como Caraquista...

* * *

Es difícil precisar cuál fue el primer encuentro: en estos casos, es luego de verlo muchas veces cuando nos dábamos cuenta de que era un candidato a "favorito". Pero una vez identificado, comenzaba el juego de sopesar sus atractivos ("bonitas piernas", "¿y esa sonrisota?"), adivinar sus ires y venires ("siempre llega por la entrada de Altamira", "anda otra vez con los amiguitos esos"), aventurar miradas retadoras y, en su caso, interpretar algunos de sus gestos, miradas y lances...

Al principio pensé que sólo respondía, como defensa. Cruzarse de frente con él rodando bicicleta era un silencioso duelo de miradas, que ganaba el que la sostuviera durante más tiempo y con más decisión. Pero uno sabía que no eran miradas de "compañero de ruta habitual" cuando no evolucionaban hacia el masculino saludo casual de asentir con la cabeza ("¡Epa, qué más!"). Eso hubiese bajado un poco la tensión que se creaba en segundos, pero en lugar de hacer eso, yo dejaba pasear la vista, de manera que él se diera cuenta, por su cara, su boca, su cuerpo.

—¿Y eeeso?— decía MiMa al notar el momento. No con celos: los "favoritos" eran juegos, retos de los que extraer un rato de insinuación, fuente de recreo visual. Golosinas.

Caraquista pronto reaccionó a la escalada. Visual y gestual. Los dos o tres sitios de parada y descanso de la ruta se volvieron mudos campos de batalla de insinuaciones. Si yo evaluaba desde una distancia y en silencio su cara, sus piernas, el acolchado en la entrepierna de su licra de ciclista, él se quedaba parado de manera que facilitaba, pasivo, el escrutinio.

O iba más allá: ¿Qué necesidad tenía, por ejemplo, de llegar a donde ya descansábamos MiMa y yo, tomando agua y viendo perros por El Marqués, y estacionar su bicicleta justo frente a nosotros —ignorando a dónde iban a recalar sus panas— para, acomodándose el bulto sobre el tubo de la bici, abrir las piernas en mi dirección mientras se estiraba bebiendo de su cooler?

Será porque ya había descubierto que esa región de su cuerpo atraía la mayoría de mis miradas. Un domingo que rodé sin compañía, y contra todo pronóstico, nos vimos de lejos en Sabas Nieves, ambos descansando, pero no nos acercamos. Simplemente se paró, jugo en mano, y alternaba la vista entre mi cara, retándome, y su entrepierna, que detallaba, retocaba, exponía.

Tal vez sólo le hacía falta mi atención, saber que yo estaba pendiente de buscarlo, de verlo. El juego se le hizo agradable y tal vez necesario. Me invitaba a jugarlo: en alguna otra ocasión, y rodando nosotros en plan serio, a velocidad y sin buscar nada, una bicicleta se desprendía de la sombra de un árbol del camino y remoloneaba atravesado en la vía, frente a nosotros haciéndonos recortar la velocidad, y era él. Estoy aquí, decía con ese gesto "inocente". Mírame...

* * *

Como comienzan los encuentros casuales, terminó este. Sin una fecha definitiva o un momento final a conciencia. Simplemente en algún momento dejamos de encontrarlo, o en cierta fecha dejamos de subir los domingos a rodar bicicleta, y así, en silencio, desapareció de mi vida.

Nunca sucedió nada sexual con él, sobra decir. De hecho, nada de nada: ni siquiera cruzamos palabra alguna. Pero lo que ahora desde la nostalgia veo como un silencioso flirteo, a medias inocente y a medias lujurioso —la cita no planeada con semana de por medio, que tan pronto llegaba a inflamarse o a ponerse francamente obvia, se disolvía en nada a la una de la tarde con la llegada de los carros a la Cota Mil y la partida a casa por caminos distintos— no debía ser sino el más terrestre de los "pendienteos", que en parte por no saber cómo resolver, en parte porque de haberlo sabido no habría tenido cómo ni dónde hacerlo, y en mucho porque nunca me había sucedido con ese nivel de certeza, dejé de explorar y permití morir, para ahora, años después, evocar con esta sensación de regalo antiguo pero nunca abierto, y recrear con finales cada vez distintos...

viernes, 18 de enero de 2008

Los sinsabores del anonimato

El otro día fui a un encuentro de blogueros porno gays anónimos. Es una cita extraña: las personalidades más disímiles, gentes de las que nunca sospecharías, tienen bitácoras web con el escabroso factor común de tratar aspectos teóricos o prácticos, genuinos o ficticios de su oculta tendencia sexual. Suele haber en el sitio —su siempre distinta ubicación nos es suministrada con una mínima anticipación y de manera muy discreta— un silencio y recogimiento casi de templo, pues hay que recordar que irse de la lengua no es la conducta más apreciada cuando tienes una doble vida y sacas a lucir, si bien entre comunes, la oculta, la desconocida.

Me llenaba un sentimiento de modesto orgullo codearme con auténticas leyendas de la combustible redacción homo, y a medida que se formaban pequeños grupos espontáneos de conversación me dispuse, trago en mano, a pasear un poco mis credenciales de autor leído y admirado por una pequeña pero selecta clica; el grupo más nutrido y conversador llamó mi atención y me acerqué para dejar caer casualmente citas de mis comentaristas más efusivos, técnicas de redacción y creatividad usadas en las historias, planes para continuar los cuentos...

— ¡Bueeeenas! —los maricos sociales son muy efusivos— Bienvenidoooo... ¿Y tú eres...?

Una breve pausa para crear ambiente; nadie adelanta suposiciones, así que...

— Soy... El Otro. Escribo Detexto...
...decirte! suelta el coro, ahora emocionado. —¡Guao, qué bien, por fin, mijita, te conocemos...!

Esto fue fácil, pensé. Comenzamos a charlar sobre las cosas de las que hablamos los blogueros (la vida privada de los que no están, lo malos que son sus sitios web, etc.), y a repartirnos lisonjas. Poco antes de que consiguiera soltar al ruedo el inevitable tema de mi calidad ficcionando y del innegable destino que me espera en el cielo de los que escriben para que otros se hagan pajas, se acercó un sujeto gordito y prudente, simpático pero de una perturbadora manera (una especie de Santiago Segura pero con más pelo), y el grupo interrumpió brevemente la charla para iniciar nuevamente el rito de bienvenida.

— ¡Hooola, osito preciosooo! —Ya los tragos estaban soltando las inhibiciones— ¿Y a quién tenemos el gusto ahora de conocer...?

El gordito jugueteó un poco con el material publicitario que había recogido de los mucho stands de publicidad presentes (siempre allí, tratando de vendernos artilugios eróticos, o sustancias varias para hacer aflorar nuestra inspiración), y soltó, muy quedo:

— Escribo el blog Detexto Decirte. Me dicen El Otro.

Aquello era demasiado. ¡Pero qué le pasaba a ese tipo! Las caras del resto del grupo se dirigieron todas a mí, sin responderle al gordito, a ver qué tenía yo que decir.

— Espera, espera... ese es mi blog. Yo soy El Otro.
— Bah...siempre me pasa —dijo el descarado, elevando la voz para el grupo pero mirándo mi cara— cuando vengo a estas reuniones, hay muchos que dicen ser yo. Pero Detexto es mi blog. Tú serás "el otro", pero "el otro farsante"...
— ¿Quée? No puedo creer esto. ¡Las historias son mías! Todo eso me ha sucedido a mí! Bueno... no todo, algunas cosas son exageradas o imaginadas, ¡pero son mías! ¡De mi autoría...!
— "¡Ajáaaa!", "Yeah... go, girl!", "Eso, defiende tu vaina" —comenzaron algunos del círculo a tomar partido. Una loca en la esquina, con cara de mosquita muerta, abrió la boca por primera vez desde que llegó— ¿Puedes probarlo?
— ¡Pero claro que pue... —me interrumpí. ¿Cómo probarlo? Es una cuestión de su palabra contra la mía, pero no me podía quedar callado. Comencé a soltar datos de las historias ya publicadas...—Franela, por ejemplo... ¡es buhonero por donde vivo, en La Candelaria! El otro día volvió a subir a casa, y lo puse a...
— Franela vende en El Silencio, a media cuadra de mi casa... Se llama Willderson.
— ...¡¿Qué?! Pero qué dices, Franela se llama... no puedo decirte cómo se llama, pero...
— ...y MiMa es mi novio: se llama Roberto. Nos vamos a casar en España.

Murmullos de aprobación. La gente empezó a ver visos de originalidad en los datos "reales" que soltaba el doble del actor español. La batalla era dura.

— ¡No, esperen! Eso no es verdad. MiMa es en realidad... es mi pareja. No puedo decir su nombre, porque me mata, pero créanme... ¡Si hasta puedo enumerar todas la veces en que me referí a él en el blog! A ver... cuando subí con el chamo del centro comercial, él estaba...
— ...él estaba por llegar, y me vió haciéndole ojitos al chamo. Se fue y luego lo alcancé en casa, pero...
— ¡Basta! Eso lo sabes porque lo leíste...
— Lo mismo dicen todos. ¿Quieres que te cuente todo el diálogo de los tipos en el Unicasa?

Desesperado, me bajé los pantalones. No, no quería darle el culo a mi impostor, sino ofrecer una prueba más de mi identidad. Mi erección creció rápidamente ante (y estimulada por) la vista de todos.

— ¡Miren! Lo tengo torcido, un poco hacia la izquierda. ¡Lo mencioné en uno de mis posts! ¡¡¡Yo soy el dueño de Detexto decirte!!! —No había terminado de hablar y ya el gordo hacía lo mismo que yo. Su verga también presentaba una ligera curva... y duplicaba en grueso a la mía. El resto de maricos blogueros emitió un gemido de lujuria colectiva. Esto no pintaba bien. Mi pene, apenado, perdió su turgencia.

No podía con él. ¡Todo lo que yo adujera como legítimo, para que me creyeran, tenía que haber sido escrito en el blog! Y él obviamente se lo sabía de memoria... Recurrí a mi última prueba, mi arma secreta. Les dí la espalda mientras me terminaba de quitar el pantalón, pero ya no para seguir con la exhibición gratuita ni para solicitar sexo como consuelo:

— Conque tú eres El Otro, ¿no? ¿Y qué te parece esto?

Los "ooh" y los "aah" se elevaron en la sala, que ya ni música tenía, y la guerra llegó a un punto culminante. El Segura reencauchado no se inmutó, y esperó a que las voces se calmaran y todos analizaran mi tatuaje, su parecido a la imagen de mi perfil en el blog, y voltearan a verlo a él. Esperando que bajara el rostro avergonzado y se rindiera.

Bajó el rostro, sí, pero para descubrirse la panza:

Nuevamente se formó la alharaca en la reunión, y de repente me quedé mudo y sin defensa. ¿Qué más podía decir? Las caras del grupo —que ya había crecido hasta ser el centro de atención de toda la reunión— me miraban ya con escepticismo, y al otro El Otro incluso lo palmeaban en la espalda... (algunos incluso se le acercaban para pedirle el teléfono, pero eso creo que tenía más que ver con su verga modelo lata-de-Coca-Cola). No me quedó otra que una salida un poco cobarde, pero final...

— Tienes razón. Soy un impostor. ¡Me encanta hacer esto en las reuniones! Es que... nadie me lee. Así que busco conversación haciéndome pasar por ti. Además, ¡te admiro! No puedo dejar de revisar tu página esperando que publiques de nuevo...

A medida que el resto de blogueros lo rodeaban para preguntarle sobre las futuras historias, yo me retiraba pensando: ¿No es esto lo que yo quería? Blogueo anónimamente, los halagos son para un supuesto escritor con un nombre clave, sin personalidad real y sólo identificable por algunos rasgos descritos aquí y allá, y por historias sin ningún dato comprobable que se asocie a mi verdadera identidad. Nada del orgullo de atribuirse el trabajo, a cambio de la gloria de pasar desapercibido y no dar a conocer mi inclinación sexual ante el mundo...

Debo aprender a controlar mi ego. Bloguear debe ser, me repetí en mental letanía, para expresarse, para sacar los demonios, para sacarse punta en el filo de la creatividad. Para retar a los espíritus levantiscos de la lujuria (los míos y los de los lectores) y salir airoso.

Si quisiera reconocimiento, me valdría más irme (ey, haré eso, pensé mirando mi reloj) a charlar con mis (otros) pares, y contarles cómo estoy manejando mi progreso a través de los 10 Pasos de la Recuperación de la ingesta de alcohol... Sí eso haré: recibir palmadas en la espalda al contar cómo tengo dos semanas sin tomar, y a ver qué fue de la vida de Julio, el negro que se alcoholizó porque trabajaba y vivía en la licorería (no conseguía casa)... o de Julio, el borracho de plaza que empezó a ir a las reuniones cuando confundió la entrada del local con un baño público. O Julio, el chamito que empezó robándole las botellas de whisky al papá a los 12 y que a los 18 ya estaba totalmente perdido en el laberinto de la caña...

Dejé a los blogueros porno gays anónimos entrevistando a su nuevo héroe; sería sin duda un más interesante encuentro la sesión de Alcohólicos Homónimos...

viernes, 11 de enero de 2008

Un (nonato) recuento de 2007

Pues vaya mierda me ha resultado comenzar a actualizar este espacio en 2008...

No se me ocurrió mejor idea que cambiar Detexto decirte... de una cuenta Blogger a otra (para minimizar la cantidad de correos y "personalidades" que tengo flotando por allí) y todo se volvió un zaperoco.

Primero, se perdieron los enlaces a la mayoría de las imágenes publicadas en el blog: algún visitante de los post viejos se habrá dado cuenta de que aparecían cuadritos vacíos en su lugar. Este problema ya está casi resuelto en su totalidad —tuve que buscar las originales en al menos 3 máquinas, incluso hacer alguna sustitución— pero de resultas hay algo positivo: Google ahora guarda en un álbum Picasa web las imágenes que uno publique en los posts de Blogger. Así, estarán todas a buen resguardo de ahora en adelante...

Después —más trágico aún— perdí y para siempre las estadísticas de más de seis meses de Google Analytics, por haber eliminado la cuenta desde la que me registré en esa herramienta. ¡Y con esas estadísticas pensaba cerrar el 2007! Las frases de búsqueda más inverosímiles, que enviaron a sus autores a este blog, eran material suficiente para el post más hilarante en toda mi historia... perdidas. ¡Los sitios web de referencia, que alimentaron de valiosos lectores mis escasas y escuetas historias!... irrecuperables. La cantidad de lectores diarios y mensuales... (eso, menos mal que se perdió: ¡daba pena!).

Sólo me quedó volver a registrarme en el servicio, y volver a empezar, con 2008, la recopilación de datos... y me queda también tratar de recordar, sobre todo para agradecer, las principales fuentes de tráfico de este sitio: la mayoría de los que leyeron Detexto en 2007 cayeron acá desde motores de búsqueda, pero cuando se trató de otros sitios —blogs, la mayoría— fueron de valiosísima ayuda Lascivus, con su Depravario (somos como gemelos de blog, estoy convencidísimo); Daniel con su vida desde allá (y junto a Aloner cuando no se ven bien...); Saucisse desde París y sus hormigas; aunque ande perdido, Patacaliente y su sitio "homónimo con el mismo nombre" (como leí en algún periódico caraqueño); Willy, el travieso, que se mudó pero sigue tan imprescindible; Juanjo con su ¡divinísimo! catálogo capitalino-subterráneo de culos e historias...

A todos ellos —y Diossss, estoy seguro de que dejo a alguno fuera, ruego perdón— les debo ¡unos cuantos! de sus lectores, que se dejaron caer para acá desde sus sitios... ¡Gracias mil! Espero me sigan visitando, que yo espero seguirlos entreteniendo.

* * *
Y sin más, la "preventa" de este año (qué compromiso, diosmío): ¿qué estoy preparando ahorita para publicar? Que recuerde, una continuación con mi pana Franela —¡el carajo llamó! ¿será que está leyendo mi blog? Al día siguiente de publicar sobre lo perdido que estaba, se aparece... Viene algo bueno, seguro—; la historia de vigilantes serviciales de Lascivus me hizo recordar y comenzar a esbozar una saga de aventuras con obreros de construcción, nada menos; unas reflexiones sobre el servicio que me hizo perder gran parte de mi tiempo conectado a finales de año (y sobre sus usuarios): badoo y otras redes de contactos...

Y bueno. Si me extiendo en la lista, pierdo; mejor dejarlo hasta allí para levantar un poco las expectativas, pero sin dármelas de prolífico:, que una mala reputación me precede y debo luchar contra ella... ¡En fin, como me dijo uno por allí en su comentario-regaño, a escribir, pues!

lunes, 7 de enero de 2008

¡Bernal no quiere que yo tire!

Las calles de mi zona se ven, desde que comenzó el año, anormalmente limpias; se circula inusualmente tranquilo, puede verse más allá de los siguientes dos metros de acera. Los buhoneros no están. Tal vez no ha regresado de su asueto, tal vez acatan a regañadientes el decreto del Alcalde de Libertador y se han retirado de las aceras ahora declaradas "libres".

Es decir: no sé nada de Franela...

Y no es que hayamos tenido mucho contacto últimamente. Luego de varios meses sin verle la cara, apenas hace cosa de diez días me crucé por su puesto, y me saludó muy alegre, pero sin separarse de su grupo. Y como pasé por allí en la mañana —regresaba de hacer compras— a mediodía revisaba mi reloj y mi celular nerviosamente: ¿habrá interpretado mi paso como antes, una invitación a venir a casa? Luego de las dos de la tarde, me convencí de que no...

Ahora que no monta tienda por su ubicación usual (aunque habrá que ver si desde esta semana el respeto por el decreto es el mismo), sólo puedo esperar a que se acuerde de mi número y de mis atenciones... Mientras tanto, evocar... ¡ja ja ja!

lunes, 17 de diciembre de 2007

¡Vivo!


Sí, amigos, sigo por acá... Todas las páginas de la última edición del Diccionario Larousse de Disculpas se hacen insuficientes para la perdida que me he echado de este espacio, lo sé... y siguiendo sabios consejos dejados por ahí, manifiesto por esta vía que no estoy con Ingrid Betancourt o los ganaderos venezolanos...

Todos (al menos los lectores venezolanos, pues) saben que estos han sido días bastante movidos, y que álgidas circunstancias políticas mantuvieron crispados los ánimos de incluso el más tranquilo (aclaro, empero, que no soy tampoco activista universitario o miembro de algún comando eleccionario); en lo particular, esa ha sido una la más poderosa de las razones para que no me haya quedado gana alguna de hilar acá palabras ficcionadas en tono lúbrico. De hecho, tampoco en mis otros blogs ―los más serios, ja ja ja― ha habido mucho movimiento...

No sé, en fin, con cuánta fuerza pueda ese párrafo anterior hacer las veces de excusa... Se sabe que, como los ombligos, todo el mundo tiene una. Pero visto que todo se puede dejar atrás ahora, y que los fríos decembrinos (con sus cálidos aliados: caña, rumba y comida) ayudan a pasar páginas y ver las cosas con otros ojos, procuraré desde este momento soltar nuevamente los dedos y la inspiración para, junto a entretenidos recuerdos y deseables nuevas aventurillas por ahí, volver a darle a Detexto el ritmo y la calidad que merecen unos cuantos fieles lectores por allí.

Quiero agradecer a todos ellos la paciencia de esperar (además del denodado esfuerzo de azuzarme vía comentarios)... Pronto pondré punto final al post que languidecía allá en Borradores, y con la alegría que ―muy a pesar de mi natural carácter― se pega en estas fechas... ¡tal vez consiga añadir la gasolina necesaria a ese poco de cuentos que flotan sin forma en mi cochambrosa cabeza..!

domingo, 28 de octubre de 2007

Buceo/boxeo


El Metro avanza a un ritmo acorde con el sopor del viciado aire "acondicionado", respirado por el gentío de las cuatro de la tarde. Alterno la vista entre la novela que leo y las caras de quienes salen o entran al vagón. Tres minutos aquí, veinte segundos allá. Sólo en caso de que aparezca algún colirio que haga el trayecto a La California más llevable.

Chacaíto es un mar de gente, como siempre. Termino de leer la última frase de una página cuando ya se va asentando el nuevo lote de gente. Ojeo y... sí, ahí va uno. Buceable. Flaco, moreno, pinta de obrero. Viene hacia mi, se sienta justo a mi lado, que voy de pie al lado de la puerta. Suena el timbre de cierre y...

¡Ping! Primer round.

Como el chamo está sentado a mi izquierda, no me ve, así que detallo sus manos, morenas, delgadas... y con las uñas largas. ¿Tal vez llanero, tal vez toca arpa? Jeans desgastados, piernas ligeramente curvas: un gusto adquirido. Detallar, detallar...Puerta.

¡Ping! Fin del primero. Estoy fresco, no me vio luz. Puntos para mi.

Una señora con varios paquetes sube en Altamira, y mi buceado le cede el puesto. Ahora está parado a mi lado, y ni sospecha. Guardo el libro: esto se pone bueno.

¡Ping! Segundo.

Unos vellos decolorados suben por sus brazos, elevados hasta el tubo donde se sostiene. Un atisbo de su axila...mmm. Corte de pelo al rape, malandro. Casi puedo tocarlo; casi puedo oler su piel, fresca combinación de perfume y olor a hombre. "Flaco llanero" —ya le puse nombre— usa su nueva posición en el vagón para explorar, vía reflejo en la ventana, su entorno: recorre las caras, se mira un poco arreglándose el pelo, sigue divagando: su mirada se cruza un segundo con la mía.

La pelea se pone interesante. El retador presenta pelea. No quito la mirada: que se entere.

La ropa deja ver sin dificultad la silueta de su cuerpo: aunque delgado, se nota fuerte y fibroso. Apoya todo su peso alternativamente en una pierna u otra, lo que dibuja más sus formas, especialmente en la cadera. El cierre de su pantalón también crea pliegues que dan espacio para imaginar y...

¡Ping! Fin del segundo. ¡Ya lo tienes, no lo sueltes! Saboreo el contacto, las fintas. Huelo el sudor del combate.

La gente va y viene con cada estación. Pocos conversan, la mayoría adopta la pose metro-zombie: mirada fija y desenfocada. Creo que nadie nota que sólo yo tengo la vista perfectamente enfocada y en uso...

¡Ping! Va a comenzar el tercer round. Confiado, sigo mirando, poseyendo: ya casi dueño de toda la esencia de Flaco llanero. Me doy el lujo de ignorar señales de defensa: no está mirando al frente, me mira directo a la cara. Mis ojos recorren sin cuidado su espalda, la curva donde termina, su culo. Creyéndome dueño del ataque, me agarra sin problemas:

—¿Qué vaina es? ¿Tú me estás buceando, o qué te pasa, pana?

¡Derechazo fulminante! el golpe salió de la nada a mi quijada; veo luces bailando a mi alrededor. Aturdido, sacudo la cabeza para presentar la defensa. El público atento a mi reacción, hay silencio alrededor...

—No. Es que... te conozco. Tú trabajas en la feria de comida del centro comercial La Rochela, yo iba a comer ahí todo el tiempo.

Está confundido, al menos por un par de segundos. Aprovecho para recomponerme. Vuelvo a los movimientos. Asomo una leve cara de confianza. De pana que no ve desde hace tiempo, de reencuentro.

—Ah, bueno, sí... pero ya no chambeo allá: sacaron a un poco 'e gente... Ya va, yo como que sí me acuerdo, ¿tú no eras el chamo que me dijo lo de...

La pelea no acaba aún. Seguimos dándonos vueltas. Un golpe aquí, uno allá...

—Disculpa el peo, pana, pero tú sabes... uno es un varón... yo pensé que estabas, tú sabes, en una de buceo, de pargo y tal... Tú no ibas a estar en eso, ¿no?

¡La pelea es mía! Mi ágil movimiento de piernas lo desconcentra. Los golpes ganan una pelea, pero evitarlos también sirve. No me ve. Juego, bailo. Gano confianza. Y así, de repente, bajo la defensa...

—No, no, yo no buceo machos... ¡Bueno! Sólo si está bueno, como tú...

¡Ka-pow! Me cuentan que fue nocáut. Yo ni me enteré, porque estaba de paseo entre planetas, luego de que un camión sin frenos o algo de su tamaño chocó a 300 Km/h contra mi cara, que llegó al piso unos segundos primero que mi cuerpo, como a dos metros más allá del ring.

jueves, 18 de octubre de 2007

martes, 25 de septiembre de 2007

Pero relájate, disfrútalo... (Franela V)

El palo de agua del sábado pasado nos agarró a miMa y a mi cerca de casa, frente a un centro comercial, de modo que para no subir a ver llover desde la ventana, luego de tomarnos un café nos paramos en la entrada de las tiendas un rato. Desde allí podíamos ver a la gente corriendo para guarecerse.

Y también podía verse a Franela, cuyo puesto queda casi frente al centro comercial.

¿Hace cuánto que no lo veía? ¿Dos meses, tres? Mucho más si contaba desde cuándo no teníamos... contacto. O sea: desde cuándo no subía a la casa a tirar. Lo cual debe haber ocurrido unas diez, doce veces, calculo yo. ¿Y siempre igual, siempre lo mismo? No precisamente.

Algunas veces estábamos miMa y yo, otras —creo que las más— yo solo; algunas veces subía apurado y serio, se dejaba mamar y chao, otras se mostraba echador de vaina y se acostaba como quien no quiere irse. Casi siempre, a partir de la segunda o tercera vez, quiso ir más allá: empezó a pedir culito. Y algunas veces lo obtuvo (ya habré de contar también esas ocasiones, claro)... Y finalmente, su participación física en el acto se limitaba a su verga erecta, y otras veces yo intentaba ir más allá. Y algunas pequeñas victorias tuve...

* * *

El primer atrevimiento fue, como casi todos, robado (no, no fue un beso, nunca lo he intentado). Ya Franela había agarrado la confianza suficiente para desnudarse y acostarse en la cama a recibir su mamada, de modo que cuando sintió la lengua en el pecho no puso mayor objeción. Al parecer ya no le molestaba como la primera vez, cuando se cubrió el pecho luego de unos tímidos intentos de miMa.

Le mordisqueé un poco ambas tetillas por un rato, y luego me arrodillé al lado de su cadera para tener mejor acceso a su miembro. Comencé a acariciarle la punta con la lengua. "Uff, tú si lo mamas sabroso, vale," decía, y yo le apretaba el falo erecto y brillante, descubriendo su cabeza, y él elevaba la cintura para tratar de metérmelo en la boca, abriendo levemente las piernas apoyado en los talones. Fue cuando chupé sus testículos, aprovechando que él se pajeaba un poco... y bajé mi lengua hasta su perineo. Tres lamidas rápidas y empujé la punta de la lengua hacia abajo, donde se encontró con su ano escondido entre una oscura mata de pelos. Lo saboreé por un par de segundos y...

—¿¡Epa, qué pasa, pana!?, abrió los ojos sorprendido y juntó rápidamente los muslos. "Esa vaina no me gusta..." Un tono sutil de molestia en su voz, que anulé haciéndome el paisa: bueno, como abriste las piernas... "No, pero qué pasa, no..." Lo tranquilicé agarrando nuevamente su verga. Tranquilo... Le subí el prepucio totalmente y luego introduje la punta de la lengua entre él y el glande: volvió a gemir de placer... tranquilo; ¡ya puedes abrir las piernas! Se distendió de nuevo un poco, con una risa leve pero aún susurrando las reglas de nuevo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados: "Dale al güevo, a mí me gusta es que me mames el güevo... las bolas no..."

* * *

Conque su culo estaba vedado. Bueno, yo lo suponía, pero tenía que intentarlo. Y de todas manera podía acariciar casi cualquier parte de su cuerpo flaco, moreno y fibroso, mientras estaba allí echado. Siempre boca arriba, por supuesto...

O contra la pared, en caso de estar de pie. Así fue cuando en otra oportunidad que subió logré meterlo en la ducha conmigo.

* * *

Ni siquiera le pregunté si quería hacerlo. Cuando se empezó a desnudar y se dirigía a la cama —se pegó de mis nalgas, bombeándome agarrado de mi cintura al agacharme a sacarme los zapatos: estaba excitado por encima de lo normal— lo halé por el brazo y le dije Vente, vamos. "¿Qué v...?" pero me siguió al baño. Abrí la ducha y entendió; entró detrás de mi sin quejarse. De inmediato se pegó de la pared: "No me mojes el pelo, que se van a mosquear los panas..."

Así que fuera de su culo y su cabeza, todo lo demás estaba a mi disposición. Tomé el jabón y comencé a masajear su pecho, y luego la espalda en un amago de abrazo suelto que disimulé agarrando su verga y poniéndomela entre las piernas. Se movió simulando la penetración mientras yo recorría el resto de su cuerpo con las manos. Mantenía su cara girada a un lado, para descartar cualquier atisbo de intimidad que no fuera la de los dos cuerpos ansiosos de sexo.

"Voltéate," me dijo, y yo le di la espalda tomando sus dos manos con las mías; puso un poco de resistencia hasta que se dio cuenta de que las dirigía hacia mi pecho. Entonces tomó con cada mano una tetilla y siguió apretando y acariciando —otro progreso, pensé—, su abdomen pegado a mi baja espalda y la verga abriéndose camino entre mis nalgas. Bajé una mano para guiarlo y sentir su movimiento y calor por debajo de mi, la cabeza dura y húmeda debatiéndose entre la raja de mi culo y mi palma.

Probé entonces el terreno nuevamente. Me coloqué de frente a él, y tomando su mano para ponerla entre mis nalgas y distraerlo, alineé mi verga erecta a la suya y en un doble agarre de mi mano comencé a masturbarnos juntos. No se inmutó. Sus dedos hurgaban mi ano, intentando ir más y más adentro —metió un dedo, luego dos— y yo sentía su pene endurecerse junto al mío, que era la primera vez que él tocaba de alguna forma. Apuré el movimiento pensando hacerlo acabar contra mi pubis (y yo bañarlo de mi leche al mismo tiempo), pero él dejó colar otra idea:

—Agáchate pa' mamarte el culo.

¡Otra primera vez! Me incliné un poco dándole de nuevo la espalda. Antes de agacharse me apretó contra sí por la cintura y, ya puestos a intentarlo, seguí transgrediendo: lo obligué a bajar su mano por mi entrepierna. Hizo un gesto de fastidio y emitió un gruñido de advertencia (una especie de ¿no te dije que no me gusta? gutural) pero sucedió: apretó levemente mi miembro, como quien sopesa una fruta para decidir si la compra, y me pajeó como por cinco segundos. Luego me soltó como si nada y a lo suyo: se agachó tras de mí y hundió la lengua en mi esfínter, separándome las nalgas con las manos. El agua nos corría por encima y yo continué la paja que él había iniciado. Unos minutos después acabé con el rico masaje que me daba por detrás, y ya recuperado, me volví para corresponderle. Seguí de rodillas chupando su verga que ya estaba a reventar por la cantidad de nuevos estímulos que había recibido sin haberlo previsto. Un gemido y me aparté para ver correr el semen contra mi cara, pecho, abdomen.

* * *

Estoy seguro de que Franela no contaría, ni en la más etílica de las confesiones entre sus panas, los progresos que estaba haciendo conmigo en cuanto a su participación en el sexo con otro hombre; al parecer, empezaba a ver que ser sólo felado era perderse gran parte de la diversión. ¿Pero hasta dónde podía transgredir sin hacerle sentir que estaba poniendo en tela de juicio su hombría? Cuestión de unos pocos encuentros más...

viernes, 7 de septiembre de 2007

DD lo hizo...

Uno de los mitos que sostenía mi concepto del Mundo ha caído. Una de las columnas del templo de mis creencias se ha derrumbado.

Mi amigo DD, el activo 200%, el verdugo de mil culos vírgenes, el falo más abusado de Caracas y algunas de sus ciudades satélite, finalmente se dejó. Tal como me lo había hecho temer de aquella conversación: se volteó. ¡Se lo cogieron! Y como casi todo lo que me cuenta, lo supe por un telegráfico mensaje de texto a mi celular:
Papi, te acuerdas de JJ, el chamo que me estaba cayendo en la fiesta? Fue el que se comio el virgo, el otro dia en su carro, por la casa...
¡¿Quéee?! ¡DD finalmente probó de su propia medicina! No lo podía creer... Le pedí explicaciones, pero a punta de pulgares no se podía contar mucho. Al menos no tanto como lo que yo necesitaba saber.
Que ladilla decirte por msg... Llamame para contarte.
Claro que lo llamaría... Llegué del trabajo y solté todo sobre la cama para marcar su teléfono, que contestó con una carcajada:

—¡Ay, chismosa, mija! No podías esperar a verme para saber.

No, no podía. Así que le saqué toda la información: cómo fue, quién lo propuso, si le gustó, si le dolió. ¡Sentía que estaba en presencia de un importante hito en la Historia! En la historia de DD, ciertamente lo era...

La única vez (que yo supiera) que había intentado siquiera ser penetrado fue, oh sorpresa, en un sauna. El tipo había estado rondándolo desde hacía tiempo y, si por mí fuera, no lo habría pensado demasiado: catire, alto y con un cuerpo espectacular, y con un pedazo de miembro que... ¡Sí, claro que se lo ví! Y hasta lo probé: estamos hablando de un sauna, el carajo solía ir y yo... tampoco lo evitaba (aunque no soy asiduo). Bueno, pues el carajo estaba ¡enamorado! de DD —como otras varias docenas de personas— y le insistió e insistió hasta que en un recoveco oscuro y en la última media hora de servicio, lo animó a probar... ¡Coño, cómo gritó! Bueno, eso me contó luego... Apenas lo intentaron empalar (y de un solo y certero empujón, es que tampoco hay consideración por un culo virgen en este mundo...) y el pobre DD se elevó de puntillas como bailarina de ballet y botó tierrita. ¡No, la pinga, eso duele mucho! se quejó, optando por renunciar al intento...

—Pero no si se hace con cuidado, con amor— le explicaba yo, proponiéndole una tarea de visualización: acuérdate, le decía, de las caras de placer y los gritos de éxtasis de todos los que han caído bajo tu morena pinga. Además, ¿recuerdas lo que tu amigo, la loca esa de por tu casa, te decía acerca de la satisfacción obtenida a través del sexo anal en el papel de pasivo? Y él me recitaba la escueta gema de sabiduría gay que siempre escuchó pero que sólo hasta ahora comenzaría a entender:

—Sí, papi: que por el culo también se goza.

Y bueno, todo con moderación. Que no quiero que mi amigo DD se convierta totalmente en una marica pasiva, con todo el respeto y consideración que las maricas pasivas merecen. Y a los datos, que fui chequeando:

¿Condón? Claro, papi. ¿Cómo te lo hizo? Boca abajo, se acostó sobre mi: ¡Ese gigantón! ¿Te preparó? Sí: hubo dedo, lengua, paciencia... ¡igual que hago yo! (No todo está perdido, aún lo dice en presente) ¿Pero él te "atendió" también? No, no me lo cogí, sólo hice de pasivo. Pero le chupé ese culo y me mamó el güevo rico... ¿Y tú a él? Un poco. Es pelúo, no me gusta... (¡Otra primicia! DD nunca le vió ninguna gracia a felar) ¿Te dolió? Veerga, sí, al principio sobre todo. ¡Sudé frío! El palo se me bajó y todo... (no me está cayendo a cuentos, esas reacciones no se simulan y quien ha sido cogido lo sabe). Pero lo hizo con cuidado, poco a poco. Ajá, ¿Y qué más? Bueno, salí de eso; él disfrutó mucho, parece... (Y cómo no: DD tiene un culo redondito, divino) ¡Yo también me disfruté mi vaina! Al día siguiente todavía me dolía un poco: me vi con un espejo, y tenía como punticos de sangre donde el ano se estiró... (tan lindo, tan gráfico mi amigo). Bueno —lo tranquilizé— eso se cura, lo importante es que no te haya dolido más allá, por un desgarro o algo...) No, si tampoco lo tiene tan grande... (Ja, ja, menos mal que no se estrenó con un negrazo superdotado) ¡Chamo! Y acabé con su palo adentro... (¡Qué! Pero este niño se adapta rápido a las nuevas realidades) Me pajeé mientras él acababa. Como tú me dijiste que así era rico... (Me descubrió. Claro, que yo le hablaba de cuando el falo te estimula la próstata y acabas sin tocarte el pene: una sensación increíble. Pero poco a poco irá absorbiendo conocimientos...)

Todavía no salgo de mi shock. Aunque la conversación que tuvimos aquella vez —y todas las anteriores, además de mi propia experiencia— me decían que pasaría tarde o temprano, está demasiado fresca en mí la imagen del chamito que conocí, un poco fiero y arisco, con una autosuficiencia masculinísima, que sabía de intimidad con otros hombres sólo para ponerlos de rodillas a mamar y que se arrechaba si tu mano pasaba un poco más abajo de su espalda por unos segundos de más. Como persona, sin embargo, lo tengo allí frente a mí, completo, tan o más amigo que antes, con la mente más abierta en cuanto a su cuerpo y sus posibilidades... Por no obviar el hecho de que ahora no sólo tengo que cuidar la provisión estratégica de condones que conservo cerca de la cama, sino mi tubo de Lubrix... ¡Y si me descuido, el modesto dildo que compré como curiosidad aquella vez en la Sexshop de Altamira!
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Recién al terminar esto me doy cuenta de lo gracioso que se leería el título de este post en inglés: ¡Dididídit!